En el trabajo con constelaciones familiares aparece una verdad que, al principio, suele resultar desconcertante: el amor, cuando no está ordenado, puede generar sufrimiento. No porque amar sea algo negativo, sino porque muchas veces amamos desde lugares que no nos corresponden dentro del sistema familiar.
Desde pequeños aprendemos a amar mirando a nuestros padres y al entorno en el que crecimos. Si hubo dolor, ausencias, conflictos o pérdidas no elaboradas, ese amor infantil suele intentar compensar lo que faltó. Así, sin darnos cuenta, podemos ocupar lugares que no nos corresponden: cuidar emocionalmente a un padre, proteger a una madre, cargar con historias que no son propias o intentar reparar destinos ajenos.
En constelaciones familiares decimos que el amor infantil quiere salvar, mientras que el amor adulto puede asentir a lo que fue tal como fue. El problema no es el amor, sino el desorden que se produce cuando ese amor se expresa desde una jerarquía invertida o desde una lealtad inconsciente.
Cuando el amor desordena, aparecen síntomas: vínculos difíciles, elecciones repetidas que generan sufrimiento, bloqueos, culpas que no tienen una causa clara, o una sensación persistente de estar viviendo una vida que no termina de sentirse propia. El sistema familiar busca constantemente el equilibrio, y cuando algo quedó pendiente en generaciones anteriores, alguien más adelante suele intentar compensarlo.
Este movimiento no es racional ni voluntario. No se elige conscientemente. Surge desde un profundo amor al sistema y desde la necesidad de pertenecer. Por eso, juzgarlo o querer «soltarlo» rápidamente no suele dar resultado. Primero, es necesario mirarlo y comprenderlo.
Las constelaciones familiares no buscan que dejemos de amar, sino que ordenemos ese amor. Cuando cada uno vuelve a ocupar su lugar —los padres como grandes, los hijos como pequeños, cada miembro con su propio destino— el amor deja de ser una carga y se transforma en una fuerza que sostiene.
En esta primera clase gratuita exploramos cómo el amor, cuando se desordena, genera dinámicas que se repiten y cómo, al mirarlas con respeto, puede comenzar un movimiento de alivio. No se trata de cambiar el pasado, sino de cambiar la manera en que nos vinculamos con él.

